sábado, 28 de enero de 2017

Sírvame otra copa

Mi experiencia con el alcohol viene de muchos años atrás, desde que era un adolescente. Pero de eso no voy a escribir, al menos no por ahora.

Todo comenzó como un juego, no fue el ver que aquella experiencia me estaba trayendo problemas: el alcohol es un depresor de sistema nervioso central, y mezclado con algunas pastillas puede traer consecuencias imprevistas.

Fue un día, cuando me di cuenta de que tomaba por inercia, nadie me obligaba, sólo era inercia. Entonces el juego comenzó y me planteé la siguiente hipótesis: «Puedo tomar alcohol por elección y no por inercia».

Este juego coincidió con el hecho de que debía dejar el alcohol por un tratamiento, no fue lo contrario.

Al principio, la costumbre me pedía alcohol: una cervecita para mirar el partido de fútbol, un mojito para aliviar el calor. Los pasillos de cerveza y otros licores de los supermercados «me llamaban», «me jalaban». Nadie me vigilaba y bien pude haberme dejado llevar. Pero me hubiese engañado a mí mismo, y eso era más importante.

Comencé a racionalizar esas ganas, tuve que inventarme un par de trucos para engañar a mi cabecita. Y de pronto esas ganas fueron esfumándose. Fue más rápido de lo que esperaba.

Pero luego surgió un inconveniente: ¿cómo hacer vida social sin alcohol de por medio? Aunque parezca exagerado, es difícil hacerlo, y mucho más para un hombre.

No me preocupé por eso, al fin y al cabo, uno siempre encuentra las soluciones a este tipo de inconvenientes.

Lo que más importa en este momento, al respecto, es el haber podido validar mi hipótesis:

Puedo tomar alcohol por elección y no por inercia. Así que, por ahora: sírvame otra copa; de agua, por favor.

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sábado, 21 de enero de 2017

¿Y mi actitud?

Desde hace unos meses a este tiempo, muchas cosas han cambiado en mi vida; muchas por las que me siento muy agradecido a Dios y a tantas personas.

Pero, ¿y mi actitud?

Ésta andaba ebria, deambulando por la cornisa del último piso del edificio más alto de esta ciudad: ¿qué hacer con ella?, ni la más mínima idea. La llevaba a todos lados y esto no hacía más que empeorar mi situación.

Y vino el cambio, más por una autoimposición que por convicción. Tuve que romper mis propias ideas: ser iconoclasta conmigo mismo.

Fue algo rápido, pero no necesariamente fácil: las costumbres son muy difíciles de cambiar, el reaprendizaje implica mucho más esfuerzo, y fuerza de voluntad, y que es exactamente una de las cosas que la «depredadora» me arrebata. Pero tengo mi «terquedad» para estos casos; aquella que no entiende de razones, sino sólo de supervivencia. Es instinto puro.

Y comencé a sorprenderme de todas las cosas que había estado perdiéndome de formas más constantes y prolongadas. Era exactamente lo que había pedido casi toda mi vida: no que el «mundo» cambiase, sino mi percepción e interpretación de él.

«...precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no compararlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino dejarlo tal como es y amarlo y vivirlo a gusto.», le dijo Siddharta a Govinda («Siddharta», por Hermann Hesse).

Ahora que ya conocí algo muy bueno y exquisito, sé que debo, tengo que y quiero seguir alimentando mi actitud positiva, cada día, cada minuto, cada segundo.

Algo tan simple, cambió tanto.


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martes, 20 de diciembre de 2016

Quiero que seamos amigos



Me conociste cuando aún era adolescente, no me dí cuenta de aquel momento, apenas si tuve una leve sensación de lo ocurrido. En cambio tú: ya habías decidido que íbamos a tener una relación.

Tus primeras y fugaces visitas me dejaban sin saber qué había pasado, no llegaba a ver tu rostro, pero ya ibas dejando tu olor. Olor que quedaba impregnado en mí por varios días.

Debiste presentarte formalmente desde el principio, eso es lo que dicta el protocolo social; así hubiese sido mejor, porque en aquella época yo no sabía qué hacer sólo con tu olor.

Me enseñaste a relacionar las cosas con una emoción, para así poder recordarlas con todo detalle. Pero lo hiciste para no poder olvidar ese olor: tu olor.

De pronto cambiaste, a tus visitas fugaces le agregaste la falta de delicadeza en tu trato. Falta de delicadeza que poco a poco fue convirtiéndose en brutalidad. Brutalidad que fue volviéndose bestialidad. Pero yo seguía sin poder ver tu rostro, y sólo continué familiarizado con tu olor.

Y de repente comenzaste a aparecer mostrando tu rostro. Creí que aquello era un acto de cortesía y amabilidad de tu parte. Estaba equivocado: no tenías la más mínima intención de dejar tu bestialidad.

Ya te aparecías a cualquier hora y en cualquier momento, poco te importaba la situación espacio-tiempo. Me despertabas en las madrugadas, te aparecías en el trabajo, y aquello se convirtió en un caos total. Y fue entonces que me di cuenta de lo que lo nuestro iba a ser: una relación impuesta por ti y, aceptada por mí. Relación al fin y al cabo.

Sobre lo que ocurrió en los años que vinieron ya hemos conversado lo suficiente; pero ahora, en este momento de mi vida, muchas cosas han cambiado y necesito adecuarme a ellas, eso lo tengo muy claro.

Ya hemos discutido mucho, hemos luchado hasta el cansancio, nos hemos hecho demasiado daño. Nos hemos destrozado el uno al otro, nos hemos dejado sin nada tantísimas veces.

Pero quiero que esto cambie:

«¡Seamos amigos!», frase demasiado usada, ¿cierto? Pero de todas maneras voy a utilizarla: ¡seamos amigos!, en serio, quiero que seamos amigos.


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domingo, 31 de enero de 2016

Nietzche, tenías tanta razón

Nietzche escribió: «Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

Nunca me he roto hueso alguno, nunca he estado hospitalizado por alguna enfermedad común –como la viruela–, soy resistente a la anestesia. Y tantas otras cosas que siempre me han parecido extrañas.

Además los fármacos muchas veces y para muchas cosas me causan peores efectos que lo que tratan de curar o afectar.

Es por esa razón por la que decidí no seguir un tratamiento farmacológico para mi enfermedad. Las tantas veces que lo intenté, éstos resultaban destrozándome física y mentalmente, mi organismo siempre ha rechazado estos fármacos. Me estupidizan, me convierten en otra persona, en alguien que no soy.

Entonces decidí seguir un tratamiento sicológico, específicamente la terapia cognitivo conductual y la de exposición. El objetivo era cambiar mi conducta (la tesis de estas terapias es que la conducta se aprende) a partir de lo cognitivo.

Pero igual, siempre tienes que dar algo a cambio de algo. Tuve que escudriñar muchísimas cosas dentro de mí, de mi pasado, de mi vida, conocerme. No fue algo fácil, fue algo muy duro y hasta agobiante. En ese camino descubrí tantas cosas que no sabía que estaban allí.

Aprendí técnicas de relajación, de respiración, de autocontrol; que me sirvieron mucho.

Pero –sí, otra vez pero– pasé demasiado tiempo mirando aquel abismo que es mi pasado. Fue necesario, claro que fue necesario.

Y el precio fue la segunda parte de la frase de Nietzche.


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miércoles, 27 de enero de 2016

Sintiendo la vida


Apareció inesperadamente, de improviso; como muchas otras cosas en la vida. De esas que llegan sin avisar, y tampoco avisan que se quedarán: para siempre.

Aunque tuvo la delicadeza de hacerlo poco a poco. Muy educada la dama.

Tenía yo 15 años cuando aquello sucedió, en mis vacaciones de julio del tercer año de la secundaria. Fue la primera vez que sentí su presencia: sutil, leve, casi desapercibida.

Mi vida continuó sin que ella se hiciera notar en demasía, simples apariciones fugaces; y las que causaron algún daño fueron atribuidas a la edad y a las circunstancias. Ahora sé que ella estaba preparando su preludio, el adagio de su grandiosa y eterna melodía. Estaba comenzando a conocerme y a alimentarse –desde adentro– de mí.

La universidad fue un gran cambio en muchos aspectos, una gran oportunidad. Según yo, estaba escapando de mis grandes temores, o al menos eso creía estar haciendo, luego aprendí que uno no puede hacer eso, que los temores se enfrentan. Al mudarme no me percaté que en una de las maletas ella misma se había escondido. La pequeña dama educada ya había aprendido algunas artimañas, demasiadas; y ya no era tan pequeña, ni tan dama.

Me acomodé un semestre y todo estaba yendo bien. Siempre digo que agradezco el haber estudiado en la universidad en la que estudié. Sin aquella experiencia no creo haber podido sobrevivir a lo que estaba esperándome apenas a la vuelta de la esquina.

Nada me hizo presagiar que ella había estado volviéndose más fuerte, conociendo todos mis temores y alimentándose hasta el hartazgo de mí. Porque de pronto se hizo notar en un prestissimo crescendo, y se mostró tal cual era en realidad: una femme fatale. El mismo Tánatos encarnado, aquel que mata suave, lentamente y en silencio.

Y comenzó mi calvario, aquel que nadie podía comprender, ni yo mismo. Aquel estigmatizado y que no tiene lógica alguna. ¿Qué?, ¿cómo es posible sentir un dolor que te desgarra el alma, te arranca el corazón y te deja absolutamente vacío sin alguna causa externa, sin algo que lo haya provocado?, ¡nooooo!, ¡tienes que poner de tu parte!, ¡son tonterías tuyas!, ¡tienes que madurar y aprender a controlar tus emociones!, ¡tienes que relajarte!, ¿has discutido con alguien?

Y las mañanas se convirtieron en batallas; los días, en actos de fingir, actuar y mentir; y las noches con sus madrugadas, en agonías, esperando a la siguiente mañana. Cual Prometeo encadenado a aquella montaña del Cáucaso, teniendo que soportar durante todos los días cómo un águila le devoraba el hígado, el mismo que le volvía a crecer durante las noches. Debió haberle estado eternamente agradecido a Heracles.

De vez en cuando aparecían –y siguen haciéndolo– grietas en aquellas máscaras artificiales, grietas causadas por el agotamiento espiritual, mental, emocional y físico de aquel sometimiento.

– Hola Jorge, ¿qué tal?, ¿todo bien?

¡Sí!, todo bien.

Es poco probable que los que estén leyendo estas letras y no hayan vivido directa o indirectamente esta enfermedad –que como cualquier otra, no se le desea a nadie– puedan entender por qué las escribo y a qué me refiero.

Pues bien, las escribo porque es una de mis formas de seguir luchando, de hacerle frente a esta enfermedad, de sobrevivir a esta dama llamada depresión. Es una de mis formas de llenar el vacío que ella me deja, aquel vacío en el que llego a sentir absolutamente nada y con el que pierdo la humanidad, mi humanidad.

Si llegamos a un estado de total apatía, ¿qué somos? Y no, me resisto rotundamente a eso. El simple acto de escribir me llena, me hace sentir vivo, me hace sentir que aún no he perdido la batalla. No importa madrugada, mañana o día alguno, no importa mi hígado. Sólo importa este momento.

Este preciso momento, en el que me siento humano. Este preciso momento, en el que me siento vivo.


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viernes, 7 de marzo de 2014

Depredadora

Me miras con tu cara de niña, y yo me acerco siempre, sin recordar todo lo que hiciste la última vez.
Me acechas cual depredador de la cima de la cadena alimenticia.

Me atacas sin que yo recuerde algo, ni perciba tu presencia.
Me atacas sabiendo que me estás acechando.
Así lo sepa o no, al final siempre terminas devorándome.
Te abalanzas, sabiendo que no opondré resistencia en ese momento. Me conoces muy bien. Voluntad, niña, voluntad.

Lo peor está por venir –para mí.
Mi pecho abres. El corazón expuesto. El alma expuesta. El espíritu expuesto.

Lo mejor está por venir –para ti.
Tu mano dentro de mi pecho, arrancándome el corazón. No opongo resistencia. Me conoces muy bien. Voluntad, niña, voluntad.
Mi alma y espíritu succionas.

¿Y luego qué?
Sólo queda lo que, tú niña, crees que es carroña. Sin corazón. Sin alma. Sin espíritu.
Pero, ¿estás segura? No me conoces tan bien, niña, no me conoces tan bien.

Escondí un poco de espíritu, escondí un poco de mi naturaleza, escondí un poco de terquedad. La escondí en un lugar que nunca encontrarás.
Entonces qué, ¿creías conocerme? Curiosidad, niña, curiosidad.
Pues no, yo te conozco mejor. Ya son muchos años. Demasiados, creo yo.
Y tú, nunca, nunca, encontrarás el lugar donde guardo lo que me queda de espíritu y naturaleza, y de terquedad.

Y me río en tu cara, niña. No siempre el depredador, por más letal que sea, será el vencedor.
Sólo me bastan ese poco de espíritu, naturaleza y terquedad, para levantarme, sobrevivir, cerrar los ojos, respirar hondo y profundo, sentir todo ese dolor del vacío casi absoluto, sentirme humano.

Y viene lo mejor, niña.
Aún no te vayas, mira a tu presa –a mí.
Una gran bocanada de aire tomo. Espíritu, alma, corazón, todo, regresan a su sitio -donde siempre deberían estar-, el pecho se cierra, te miro y me río de ti. No resultaste ser la punta de esta cadena alimenticia.

Ahora, mírate. Tu boca está sangrando. Te quité todo lo que me arrebataste y apenas si te diste cuenta.
Y te digo: «Hasta mañana; veremos si aún puedo seguir ocultando ese lugar; veremos si aún puedo reírme de ti; o veremos si me dejas sin nada».

Hasta mañana, niña, hasta mañana; o hasta cuando te plazca.
Te respeto, pero no te temo.


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sábado, 7 de enero de 2012

Tot el que sentim té un nom


Todo lo que sentimos tiene un nombre. Es la base de la «Inteligencia Emocional» de Goleman, según la cual, para que a una persona se le considere emocionalmente inteligente debe hacer, en cada oportunidad que lo amerite, y en este estricto orden, lo siguiente:

1. Reconocer exactamente una emoción –o sentimiento.
2. Canalizar esta emoción antes de actuar.
3. Actuar conforme a lo canalizado.

Permítanme escribir sobre un tema que sólo conozco por teoría, más no por práctica, ya que me considero, si aplica el término, un «Ignorante Emocional».

La inteligencia emocional trata, en cierta forma, lo mismo que una de las tantísimas ramas de la «Sicoterapia» de Freud, la «Terapia Cognitivo Conductual»: Manejar una emoción con la cabeza, y luego actuar en consecuencia.

Lo he visto y lo he vivido y, para mí, es más importante que el «Coeficiente Intelectual», incluyendo las «Inteligencias Múltiples» de Gardner.

En el transcurrir de nuestra vida, ésta nos va planteando «cursos» que debemos «aprobar» sí o sí. El castigo por no hacerlo es el dolor –quien prefiera hacerlo, puede leerlo como fracaso. Y sólo podremos aprobar, cada uno de estos cursos, si somos emocionalmente inteligentes.

Ahora me planteo dos preguntas: ¿Qué pasa con una persona que no es emocionalmente inteligente?, ¿está condenada al dolor en todos o en algunos de los ámbitos de su vida?

Pues bien, estamos obligados a aprender a ser emocionalmente inteligentes, pero como en todo, hay quienes tienen más habilidad para aprender que otros –y aquí, el coeficiente intelectual pasa a un segundo plano. Los menos habilidosos tendremos que hacerlo «a trancas y barrancas», cayéndonos y volviéndonos a parar lo más pronto posible, porque la vida no da tregua. Pero, y éste es el punto de este artículo, siempre existe un escape –como en todo: «El arte».

El arte nace con una emoción, un sentimiento, que se quiere transmitir, eso es todo. Los canales que utilicemos para transmitir ese mensaje son irrelevantes, lo importante es el mensaje. No importa si el canal es la pintura, la literatura, la música, la fotografía, la escultura, o cualquiera de las tantas manifestaciones de arte que nuestra civilización conoce y seguirá conociendo y descubriendo, mezclando, creando, generando. Porque esa necesidad de trasmitir ese mensaje es muchísimo más importante que el canal, y por tanto, no habrá barreras. Es algo que nace de las entrañas y que quiere salir, y la tranquilidad no llega, hasta que lo dejamos salir.

Y si el canal es irrelevante, también lo es la técnica que se utiliza para manejar ese canal. No nos engañemos creyendo que una pintura es hermosa por la buena combinación de colores o las texturas que utilizó el pintor. Esa pintura no valdrá nada si, ese pintor, no tuvo nada que transmitir durante esa creación. No valdrá nada si, ese pintor, no tuvo una emoción o un sentimiento. Sólo será un lienzo con óleos bien mezclados y plasmados por una persona que conoce la «Teoría del Color», nada más. Y eso, no es arte.

Son pocos los artistas que, a lo largo de la historia, han sido emocionalmente inteligentes. A lo más, diría yo, pudieron llegar a reconocer y canalizar sus emociones, pero no a actuar en consecuencia. Los que sí llegaron a hacer esto último, son contados.

Entonces, para los que estamos en la dura tarea de aprender a ser emocionalmente inteligentes: tenemos el arte, nuestro arte, sin importar el canal. Si no sabemos actuar en consecuencia, podemos plasmar –o intentar hacerlo; eso es lo que hago– una seudo acción, de la forma que mejor nos sea cómoda.

Así que yo seguiré aprendiendo y utilizando este escape, para tomarme un respiro, para encontrar una salida, y seguir en la lucha. Porque la vida se abre paso, porque el alma se abre paso, porque esta necesidad se abre paso, porque «todo lo que sentimos tiene un nombre».


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jueves, 25 de agosto de 2011

Viéndola tejer

Verla tejer fue el catalizador para salpicar letras esta vez. Esta vez en la que no habrá luces, aunque, espero sí, un poco de lucidez.

En uno de los buses del metropolitano, sentada, estaba ella, con un par de palillos para tejer, unidos por sus extremos con un nylon, que sus manos manejaban con una habilidad asombrosa. Un ovillo de lana dentro de su bolso que iba brotando en forma de cuerda color palo rosa para, utilizando esos palillos y, principalmente, su habilidad, ir creando una bufanda de una complejidad y estructura perfectas.

Mi mirada fija en el movimiento de sus dedos y manos, para tratar de memorizarlo, algo que no logré hacer porque no pude concentrarme. Y no pude hacerlo porque mi adicción por buscar conexiones entre todas las cosas hizo que comenzara a jugar con las ideas y, justamente, las conexiones entre éstas, además de empezar, ya, a jugar con las palabras que están siendo salpicadas en este momento.

Creo fervientemente en que con el conocimiento, habilidad, creatividad, planificación, organización, esfuerzo y tenacidad necesarios, podemos lograr cosas increíbles, es parte de nuestra naturaleza como individuos. Aquella señora me lo estaba demostrando, a pesar de los automatismos consecuencia de la práctica; sí, aquella señora concentrada en sus palillos y su lana, y con su habilidad y sus automatismos, me daba la razón, repito, de esa naturaleza a nivel individual.

De pronto, el caos de esta ciudad, causado por el comportamiento de cada uno de los individuos que la habitamos, me llevó a lo colectivo.

No pretendo explicar el comportamiento individual porque no soy sicólogo, ni el colectivo porque no soy sociólogo, pero sí me tomo la libertad de jugar y, tratar de, plantear algunas ideas, con sus respectivas conexiones, mediante estas letras salpicadas.

Creo en los «Sistemas Emergentes» y me maravillo de cómo unas hormigas pueden crear algo tan complejo –su hormiguero y su mantenimiento– sin necesidad de un planificador, un organizador, un director, un controlador, un líder. Lo mismo sucede con las abejas, avispas y termitas. Son individuos que se desprenden de su individualidad para entregarse al colectivo y así crear un comportamiento, «pensamiento» e «inteligencia» que no existirían sin ese desprendimiento. Y todo esto se va creando de una forma involuntaria, de la nada, de un caos que da origen a un orden perfecto. Finalmente, este colectivo beneficia a sus individuos.

Y ahora me pregunto: ¿por qué, ufanándonos de una inteligencia que hace que nos creamos los dueños de todo lo que nos rodea, nos es tan difícil –no digo imposible– de hacer algo similar? Hay casos en los que sí hemos podido hacerlo, como algunas convocatorias a través de las redes sociales, por ejemplo. Pero no es pan de cada día.

Me respondo: ¿será porque nos es más difícil desprendernos de nuestra individualidad? Yo creo que sí, pero si lo hacemos, nos entregaremos al colectivo y, ese colectivo, nos hará mejores individuos.

Y como creo en el «Efecto Mariposa» dentro de la «Teoría del Caos», sé que una acción, por más insignificante que sea –ahora–, de un solo individuo, tendrá resultados notables, y mientras más tiempo transcurra, más notables serán para su colectivo y sus individuos.

Y otra vez mi manía me asalta y no puedo evitar hacer referencia a aquel club que tanto admiro y que, con muchísima razón, dice ser «más que un club», poniendo en práctica todo lo anterior y cuyos equipos de fútbol (Prebenjamines, benjamines, alevines, infantiles, cadetes, juveniles, Barça B y –especialmente, muy especialmente– su Primer Equipo) funcionan como un conjunto pensante, poniendo de manifiesto su inteligencia y brillantez colectiva y en cuyo ecosistema pueden convivir tantos individuos brillantes, beneficiar al colectivo y destacar como individuos para, otra vez, regresar al colectivo y hacerlo más fuerte. Todo un círculo virtuoso. Una «máquina pensante», en la que si sacas una «pieza» y pones a otra, seguirá funcionando igual, claro, porque el «Efecto Mariposa» se hace más evidente en relación directa al tiempo.

Y yo seguiré teniendo la esperanza de que llegaremos a demostrar que somos capaces, con más frecuencia, de hacer lo que unas hormigas hacen, sin la necesidad de «líderes» ni «guías», porque también creo en el «Eterno Retorno de Nietzsche».

Ay, señora, me hizo divagar entre tantas ideas. Yo no la conozco y usted a mí, tampoco, pero, de todo corazón, espero que haya terminado de tejer su bufanda.


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martes, 19 de julio de 2011

Ayer tuve un sueño

Ayer, tuve un sueño extraño que se transformó en pesadilla. Parecía tan real que al despertar no comprendía si aún seguía soñando o era una dolorosa realidad. El sueño, hasta donde recuerdo, me mostró diferentes pasajes en los cuales iba identificando mis anhelos y frustraciones a lo largo de la vida.

Soñé que vagaba y paseaba por el mundo, conociendo diferentes lugares y, de pronto, me vi en un lugar, que si bien se notaba pueblerino, era una ciudad organizada. A la gente se le veía alegre y feliz pero, tenía una particularidad que no lograba entender: todos tenían cuatro ojos, y dos de ellos los tenían vendados.

La ciudad me resultaba familiar, hasta diría que era mi querido Laredo pero, ¡no podía ser!, ésta se veía ordenada y limpia, con parques y jardines bien cuidados, niños jugando en parques infantiles y gente que iba y venía alegre, algunos comentando sobre las futuras elecciones, otros sobre la economía del país, otros sobre deportes o también sobre unos juegos florales con final de pachamanca del domingo anterior y algo así por el estilo.

Había mucho tránsito, tanto de vehículos con pasajeros, como de autos particulares y camiones con mercaderías y frutas, que circulaban por una gran avenida que, por lo que se notaba, circundaba toda la ciudad. Caminé unas calles y me vi en un mercado de abastos. Éste tenía dos pisos, no estaba tugurizado y se veía realmente limpio y ordenado y, según alguien me dijo, había sido remodelado por los mismos comerciantes.

Mientras estaba allí, vi un cortejo fúnebre que, por lo que se podía leer en una cruz, era de un amigo mío al que no había visto desde que cursábamos la primaria. Con tristeza acompañé el cortejo. Toda la gente que acompañaba me era familiar y extraña a la vez. Íbamos camino al cementerio por una avenida ancha, llena de árboles y, debidamente señalizados, los paraderos de colectivos y los cruces peatonales, tal como en las grandes ciudades. Las demás calles lucían igual. En el trayecto, también, vi grandes colas de camiones y gran movimiento de gente... era un mercado mayorista, que aprovechaba el paso de los camiones que venían de la sierra y que tenían que cruzar la ciudad obligatoriamente.

Al llegar al cementerio, para darle cristiano entierro a mi amigo, me quedé sorprendido al ver que éste era moderno, con nichos y aún se veía, al fondo del mismo, mucha gente trabajando en la construcción de más nichos, con materiales que eran provistos por vehículos municipales, que iban y venían, probablemente de una cantera cercana. Hasta ese momento recién reparé que, el vehículo de la funeraria, era de una empresa municipal.

De regreso al centro vi garitas policiales que ayudaban a preservar el orden con policías que, según parecía, se disponían a salir para efectuar sus rondas de rutina. En ese mismo trayecto, algo llamó poderosamente mi atención: en todas las calles se veía grupos de gente efectuando trabajos en forma organizada, como si fuesen comités vecinales, arreglando fachadas, veredas, etc., como queriendo que su calle sea la mejor de todas, a pesar de que las mismas no necesitaban mayor arreglo por que se veían bien.

Fue entonces que, en otro pasaje, de lo que recuerdo de mi sueño, me vi parado ante un hermoso y amplio edificio, en el cual se leía, en un cartel: «Palacio Municipal». Decidí entrar para felicitar a las autoridades por la organización de la ciudad y por el esfuerzo de ellos y su gente para mantenerla en buen estado y, también, para preguntarles, por curiosidad, por cómo hacían para lograrlo. Pero algo raro iba a notar: éstos, aparte de los ojos vendados, tampoco tenían orejas. Entonces tuve que escribirles algo y la respuesta fue amplia: «Nosotros manejamos la Municipalidad como una Empresa, sin ningún fin político, utilizando nuestra gran experiencia y tecnificación y no empíricamente y bla, bla, bla». Me dijeron, además, hasta donde recuerdo, que tenían un buen control de gastos e ingresos, las cuentas en orden, buen equipamiento, presupuestos reales y bla, bla, bla. Que daban buen trato a la gente, así como buenos servicios, que llevaban estadísticas adecuadas, unidad de mando, personal especializado y motivado, rotación de puestos y jefes técnicamente eficientes, con decisiones acertadas y oportunas y bla, bla, bla.

Todo ello estaba a punto de hacerme estallar la cabeza y, en mi desesperación, me arranqué la venda que yo también tenía sobre dos de mis ojos y, fue entonces que vi todo diferente. No existía nada de lo que yo había visto allí; salí corriendo a las calles, ¡estaban sucias!, llenas de basura. Quería gritar, ¡gritaba!, pero nadie me escuchaba. Quería moverme y no podía. Entonces pensé en Dios, como no lo hacía desde hace mucho tiempo y del cual me acuerdo, como casi todos, sólo cuando estoy en apuros.

De pronto, sentí una mano que me tocaba el hombro, era Él. Me dijo: «Despierta hijo y trata de ver las cosas con calma, no hay mal que dure cien años. Ten fe en mí y en ti mismo y...».

Fue entonces que me desperté, no sé qué hora era, pero el sol asomaba y el pueblo aún seguía durmiendo.


Autor anónimo.


lunes, 27 de junio de 2011

Adiós, a Dios

El hombre creía haber fracasado en la vida, en todo lo que se había propuesto e intentado. Se sentía desesperado, sin atinar a confiar ni contar a nadie lo que le pasaba. De repente alzó sus ojos al cielo y, después de meditar por un momento, como diciendo una oración, empezó a hablar en voz alta:

Podría decir que me has abandonado, pero sería injusto hacerlo. Hay muchos que no tienen nada y no se sienten como yo. No sé qué es peor, si «tenerlo todo y perderlo» o, simplemente, «no haber tenido nunca nada». Tal vez lo primero, pero estoy tan triste y confundido que creo que me da lo mismo y no debería ser así, por que me diste muchas cosas: nací sano, tuve unos padres maravillosos, una niñez tranquila y alegre, una juventud llena de ilusiones, una madurez plena con una familia también maravillosa, una educación envidiable y habilidad para hacer las cosas y, me pregunto entonces: ¿Qué ha pasado?

Para los ojos del mundo soy un tipo bueno, amable, hábil, educado, padre ejemplar, con una familia feliz y unida; y no están lejos de la verdad, porque al menos he intentado que las cosas sean así. Pero tengo en mi mente tantas otras que me hubiera gustado hacer o saber hacer, y no andar cometiendo tantos errores y «pecados» que, de repente, me hacen merecedor del infierno.

Me hubiera gustado, por ejemplo, saber compartir y realizar mis sueños, ilusiones y fantasías, y no haberme engañado toda la vida, viviendo de una manera ficticia, tal vez hipócrita, sin quererlo. Ver la sonrisa de los que me rodean y que, cuando me vieran, se emocionaran y, mi sonrisa, fuera un suspiro en sus corazones. Saber contar anécdotas y bromas que no significaran burla para nadie y de los que sólo yo disfrutara. Tener todo lo que tengo y poder brindarlo sin esperar nada a cambio. Tener un carácter más duro y decidido para obtener las cosas, y la fuerza suficiente para haber realizado, aunque sea, uno de mis sueños y marcarle así, a mi familia, un camino firme y seguro. Ser un tipo con clase, del que mi familia se sintiera orgullosa, que el sol brillara siempre para nosotros y que, cuando éste no estuviera, me permitiera ser su sol hasta que apareciera nuevamente. En fin, poder amar sin límites, restricciones ni condiciones, poder demostrar lo que amo y ver las cosas de una manera diferente, ya que, después de todo, me he esforzado para llegar hasta aquí.

En cambio, no he hecho nada de eso y me he dedicado a «pecar» y a ser egoísta, pensando sólo en mí. Hasta se podría decir que me estoy esforzando por decir o hacer lo imposible para hacerle mal a los que me rodean. Me burlo de la gente, no sé compartir mis sueños ni mis recuerdos, pido y me aferro a lo que no existe, nadie se emociona al verme y hago, tal vez sin querer, todo lo contrario a lo que me gustaría hacer; pienso que no sé despertar ternura sino lástima, no sé demostrar el amor que tengo dentro de mí, ni despertar sentimientos, sólo caprichos, indiferencias y «mala onda», no sé velar el sueño y estar cerca de quien me necesita, no he sabido corresponder a todo el cariño que me han dado, ni he sabido caminar el camino que me has marcado, no sé compartir mis fracasos ni mis triunfos, el dolor, la alegría, la satisfacción del deber cumplido; no sé despertar con alegría ni compartir un nuevo amanecer dándote gracias por la vida; no sé reconocer que me estoy volviendo viejo y, tontamente, he perdido mucho tiempo sin haber dado el corazón y la vida, como siempre prometí.

Como verás, soy un fracasado que ni siquiera merece tu perdón. No quiero reprochártelo pero, dicen que siempre «aprietas pero no ahorcas», y debe ser cierto pero: ¿Por qué siempre aprietas del lado más débil? Parecería que esta vida es una película en donde sólo ganan los malos. He tratado de ser bueno, amable y creyente, aunque tal vez sin mucha fe y convicción, y no soy merecedor de Ti. Por el contrario, he sido mal hijo, he desechado todo lo que me has dado y creo que hasta mal padre y esposo soy.

No te voy a pedir nada, ya no quiero nada de Ti, porque no lo merezco, sólo déjame la capacidad de seguir trabajando como el «burro», aunque sólo reciba palos a cambio, que me permitas vivir y tener una vejez digna y, algún día, una muerte tranquila. Ya no me pongas más pruebas, ni piedras en el camino, que no podré soportarlas, y con esto te digo: «Adiós».

Dicho lo anterior, el hombre creyó ver, desde el horizonte, una luz que se proyectaba hacia él, mientras, con la brisa del viento, llegaba a sus oídos, como un susurro, un: «Te amo y siempre estaré contigo».


Autor anónimo.