sábado, 28 de enero de 2017

Sírvame otra copa

Mi experiencia con el alcohol viene de muchos años atrás, desde que era un adolescente. Pero de eso no voy a escribir, al menos no por ahora.

Todo comenzó como un juego, no fue el ver que aquella experiencia me estaba trayendo problemas: el alcohol es un depresor de sistema nervioso central, y mezclado con algunas pastillas puede traer consecuencias imprevistas.

Fue un día, cuando me di cuenta de que tomaba por inercia, nadie me obligaba, sólo era inercia. Entonces el juego comenzó y me planteé la siguiente hipótesis: «Puedo tomar alcohol por elección y no por inercia».

Este juego coincidió con el hecho de que debía dejar el alcohol por un tratamiento, no fue lo contrario.

Al principio, la costumbre me pedía alcohol: una cervecita para mirar el partido de fútbol, un mojito para aliviar el calor. Los pasillos de cerveza y otros licores de los supermercados «me llamaban», «me jalaban». Nadie me vigilaba y bien pude haberme dejado llevar. Pero me hubiese engañado a mí mismo, y eso era más importante.

Comencé a racionalizar esas ganas, tuve que inventarme un par de trucos para engañar a mi cabecita. Y de pronto esas ganas fueron esfumándose. Fue más rápido de lo que esperaba.

Pero luego surgió un inconveniente: ¿cómo hacer vida social sin alcohol de por medio? Aunque parezca exagerado, es difícil hacerlo, y mucho más para un hombre.

No me preocupé por eso, al fin y al cabo, uno siempre encuentra las soluciones a este tipo de inconvenientes.

Lo que más importa en este momento, al respecto, es el haber podido validar mi hipótesis:

Puedo tomar alcohol por elección y no por inercia. Así que, por ahora: sírvame otra copa; de agua, por favor.

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